hamacas plegables para jardin en maison de monde

Acudí como siempre corriendo con sus chancletas en las manos. A mí me compró un vestido sencillo pero que me encantó, y unas chancletas de goma para que no fuese descalza. Vestía un sencillo vestidito de algodón, muy raído aunque limpio. También una muchacha de piel algo oscura, vestida como yo con un sencillo vestidito, permanecía detrás de las que seguro que eran sus amas. Como una autómata salí de la cocina pasando casi por encima del cuerpo de Dulcita y seguí a la señorita Selma. La señora Randa y el ama Selma charlaban sin cesar. Cuando el hombre cerró la puerta de la suite mi ama volvió a estallar en carcajadas. Un hombre nos acompañó hasta el camarote.hamacas colgantes Hasta que fui regalada a mi ama Selma yo había observado esta regla con extremo rigor porque tenía mucho miedo. Dulcita sacó la sartén del fuego y sirvió los huevos revueltos en el plato de su ama.

La señorita Míriam cogió la sartén que su esclava acababa de poner en el fregadero y comenzó a golpearla con ella en la cabeza. —No puede ser yebit, tu hermana es esclava de mis sobrinas y ellas no están dispuestas a vendérmela, por tanto no quiero que vuelvas a molestarme con tus súplicas sobre tu hermana — me dijo muy seria. Mi hermana tenía el rostro dolorido y estaba asustada, pero obedeció, hamacas de colgar no tenía otro remedio pues de negarse el castigo podía ser brutal. Tenía a orgullo ser la esclava personal de mi bella y joven ama. —¿Donde dormirá la esclava? —No sé mi ama… lo que usted quiera — contesté bajando la mirada y frotando con la esponja las plantas de sus pies. Antes de calzarla con sus sandalias me frotaba la cara contra sus plantas y aprovechaba para besárselas. Lo tenía prohibido, lo teníamos prohibido las esclavas, no podíamos mirar a las señoritas a la cara. —Eres lenta, exasperantemente lenta… tendría que azotarte… ese es el único lenguaje que entendéis las esclavas — se quejó la señorita Míriam mientras Dulcita terminaba de servirle. Zulema tenía miedo, parecía dudar en hacer algo por miedo a la señorita Míriam.

Finalmente Zulema se atrevió a suplicarle a la histérica muchacha. Sheila me contó una vez que su madre tenía una muchacha etíope y que cuando quería calentarse los pies le ponía carbones encendidos en el vientre y cuando se los retiraba apoyaba los pies en la zona quemada. En la lujosa tienda se hallaba otra pareja similar, de madre e hija. — le preguntó a su hija. — me insistió mi ama. —Si tu esclava no puede salir sola para hacer la compra necesitamos otra — dijo el ama Caren — yo no estoy dispuesta a ir cada día a comprar. — exclamé contenta porque con el tiempo llegué a congeniar con la esclava de confianza del ama Raisha. Yo me había ido instintivamente hacia donde estaba mi ama y me había quedado arrodillada a su lado, contemplando la brutal humillación y tortura de mi pobre amiga. Miré desesperada hacia mi ama y ésta me miró fijamente, obligándome a bajar los ojos. Estaba yo inmersa en mis pensamientos sobre la ingenua bondad de Dulcita cuando el ama Míriam, que se acababa de llevar la taza de té a los labios, escupió al suelo y su rostro se transfiguró de rabia.

— le gritó al tiempo que le arrojaba el té hirviendo a la cara. Yo traje el té y lo serví. —No estoy triste por mí, hamacas para colgar ama. — le gritó exasperada su ama. — dijo Míriam — ¡ —Yo… yo… — balbuceó la señorita Míriam — …los huevos… estaban crudos… mamá… Dios… ¿ Una mañana la señorita Míriam y su hija, la señorita Analía, estaban sentadas a la mesa de la cocina mientras Dulcita les estaba preparando unos huevos revueltos. El día que comenzó las clases, por la mañana la vestí y la calcé. Desde el día en que me había pegado la relación entre ella y yo se había enfriado, por su parte, claro está. Mi ama estaba exultante, la veía más bella que de costumbre, y era por la emoción de iniciar una vida en la que ella regiría sus destinos sin la intervención de nadie. —Sí ama Selma — contesté.

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